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miércoles, 4 de septiembre de 2013

O de cuando un intento de Kim Bassinger termino en un Full Monty.



Cuenta la leyenda que hubo una vez una época de mi la historia en la que las mujeres no se sentían como amebas o ángeles, es decir, asexuadas. 



Sabemos, por los restos arqueológicos encontrados, que en dicha época existían lo que se ha dado en llamar "obreros", los cuales eran hombres que empleaban herramientas conocidas como "martillos neumáticos" o "picos" o "retroexcavadoras" y su principal misión consistía en hacer enfadar a las mujeres que pasaban cerca de ellos con palabras malsonantes, apelativos dedicados a determinadas partes de su anatomía.
Tenemos ejemplos diversos en los escritos de algunos autores de la época, siendo el más famoso "Te espero en el andamio", de autor desconocido. Se está estudiando el significado de dicha palabra.



Era un momento histórico que generalmente se conoce como "conejil", debido a los dientes largos que provoca en aquéllos que ya no pertenecen al mismo. Esta etapa "conejil" se caracterizaba por estar habitada fundamentalmente por parejas jóvenes, sin hijos, y que no llevaban mucho tiempo emparejadas.

Pues bien, en esta parcela de la historia de la humanidad, la vestimenta tradicional se complementaba con accesorios de tejidos ricamente labrados, cuyo valor económico se incrementaba cuanto menor era la cantidad de tejido utilizado. Los ciudadanos de las urbes del momento los conocían como "negligees", "picardías" o "saltos de cama". Este último apelativo parece que tiene su raíz etimológica en la cantidad de tálamos que sufrían sus efectos.

La protagonista de esta leyenda, decidió un día, al pasar frente al puesto de artesanos lenceros, que uno de los modelitos que tenían expuestos le quedaría que ni pintado. Era uno de esos modelos tipo "zorrón" (término todavía en estudio), que cumplía con todos los requisitos de las prendas tradicionales de la etapa conejil: poca tela, estampado animal, y transparente (bastaaante transparente). Y caro, carísimo.

Rauda y veloz, viendo la oportunidad y oliendo la oferta (así como adivinando las posibilidades, jejejejeje), se acercó con la mayor discreción a la dueña del lugar, con la idea de llevarse tal tesoro. Cual sería su sorpresa cuando, tras el momento del pago (evidentemente, tres cabras y una oveja, con descuento de las gallinas porque era rebajas) y al salir a la calle, casi choca con el jefe de la empresa en la que ella trabajaba. Jefe que desde la increíble distancia de 2 enormes metros había visualizado la operación retirada del escaparate de la prenda en cuestión. La mujer, muy digna aunque con un poco habitual color granate en sus mejillas, le saludó educadamente y se dirigió a su hogar.

Allí, se preparó para la llegada de su esposo, poniéndose el mencionado y recién adquirido traje tradicional y preparando la música folclórica para el rito que se iba a celebrar esa tarde/noche. 


Para ello se decoró la cara con las pinturas de guerra designadas por el hechicero de su poblado: labios rojos, ojos ahumados, rimmel a tutiplén... el kit completo.

El esposo llegaría alrededor de las 9, así que ella se dispuso a esperarle. Como todavía eran las 8 y tenía frío en los pies, tomó prestado el calzado de descanso de él, talla 45, cuya recreación se conserva en ala del Museo del Prado dedicado a dicha etapa de la historia. 

Por motivos de pudor, el autor del recopilatorio de costumbres de la época ha decidido no mostrar imágenes de la combinación de negligee con dicho calzado, ya que podrían provocar un ataque de risa histérica.

Pues bien, continúa la leyenda con su narración y nos relata que el esposo llegó a casa antes de lo previsto, de forma que la mujer fue sorprendida con el salto de cama, las zapatillas y colgando la ropa en el tendedero.....con lo cual, lo que iba a ser el baile que anteriormente mencionamos, se quedó más o menos en esto....


En un último apunte del autor, nos confirma que a pesar de todo, las risas dominaron la situación y el asunto no trascendió al público general, y tanto el esposo como ella supieron sacar partido a dicha prenda, aunque sin baile.

Por último, parece que el jefe de la mujer jamás mencionó el episodio, y ella siguió trabajando en la empresa con toda normalidad.

lunes, 24 de junio de 2013

SUSAN DEY Y ANGELA RODICIO.....o mis ídolos de juventud.

Cuando yo era pequeña, me pirraba por ser abogada. Pero no una abogada cualquiera, sino una de las de mi serie favorita en esos momentos. La ley de Los Ángeles. Ya me veía yo, entrando en el supermegaedificioquetecagas, donde en uno de los pisos más altos estaba mi despacho, junto al de un pedazo de macho ibérico (por favor, relee esta última expresión con acento de Chiquito de la Calzada, se lo merece), por más que estuviésemos en USA.




Pero también tuve mi temporada de periodista. ¡Ja!, no, no vayáis a pensar que ahora me estoy desquitando escribiendo un blog chorras para compensar mi frustración. Para nada. Porque yo, lo que quería ser, era reportera de guerra.  Quería ser la Ángela Rodicio de turno. Recuerdo cuando cayó Ceaucescu, qué envidia me daba la muy….(voy a mirar en Google en qué año fue esto…..¡1989! yo tenía 16 años…..qué repelente, coño, ¿quién a los 16 está enterado de la caída de nadie que no se produzca en una discoteca…..?) ((CORRECCCIÓN: TENIA 13 AÑOS, ASÍ QUE LA FRASE ANTERIOR DEMUESTRA LO PEDORRA QUE ERA Y PORQUE ME INCLINABA POR UNA CARRERA DE LETRAS))

Se aceptan análisis psicológicos sobre este comportamiento. Yo parto de la base de que la causa es que en casa me decían siempre que yo era la mejor....y por lo que veo ahora ellos son los culpables de que yo alentase este tipo de pensamientos gilipollas tan elevados. 


Pues bien, ahora veo que mi grado de repelentez se agudizó con el pasar del tiempo, porque finalmente, abandoné mi idea de ser reportera de guerra por unas razones muy lógicas para una pedorra chica de 17 años: uf, complicado tener una vida así para siempre, viviendo de un lado a otro, y sin estabilidad- y decidí volver a la idea original: ser la chica del supermegaedificioquetecagas, pero en edición mejorada. Claro, porque además de abogada me imaginaba yo un rollo tipo Armas de Mujer (ya sabéis, yo era Melanie, claro, nada de Sigourney Weaver, por Dios!) y me imaginaba diciéndole a mi recién conocido jefe (por supuesto enamoradísimo de mí y que casualmente se parecía Harrison Ford pero a la española) algo tan natural y absolutamente profundo como en la peli “tengo una mente para las finanzas y un cuerpo para el pecado” o  “si quieres que te tomen en serio, lleva un peinado serio”   mientras sonaba de fondo “Let the river run”. (Tenéis que entender que, para mí, en ese momento de mi vida, ambas frases seguramente tendrían la misma trascendencia….qué horreur)


Vamos, que yo lo flipaba demasiado. Por suerte, con el tiempo he ido suavizando ese estado de permanente estupidez en el que vivía....y con el que tanto disfrutaba, porque era genial imaginar todas esas historias (con macho ibérico incluido en el pack, por supuesto).

¿Qué hice? Pues estudié Derecho, me lo pasé muy bien, conocí a mucha gente, me encantaron algunas asignaturas, otras las odié profundamente y a estas alturas no sé para qué sirven (¿¿¿¿Derecho natural????¿¿¿Filosofía de 5º??? . Lo llevé curso por año (ser repelente se lleva en la sangre y es imposible eliminarlo totalmente de golpe)……y decidí al terminar que eso no era lo mío. Que no sabía qué era lo que quería, pero ejercer, al menos por el momento, no. Porque yo nunca he sido fan de nada, pero tampoco he tenido ninguna vocación.

Azíndeque me fui a estudiar inglés, hacer un máster …y la pequeña Rodicio que estudió para Garzon(cilla) trabaja en el departamento  internacional de una empresa comprando cositas a gente que está al otro lado del mundo, y que lo más emocionante que hace es irse de vez en cuando de viaje a sitios que están allí mismo, en el culo del mundo para poder discutir en persona y pedir "balato, balato".